Carla Iruzkun

“Es trabajando cuando soy realmente feliz”

Por Irene Gil Romero

Aunque nadie lo diría, Carla cumplirá 40 años el próximo 3 de diciembre. Fecha en la que, por cierto, se celebra el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Carla tiene una, aunque al igual que sucede con su edad, también pasa desapercibida, pues es una discapacidad invisible: la epilepsia.
“Me costó aceptar mi discapacidad porque parte de mi familia la negaba”
Los primeros síntomas de esta discapacidad aparecieron con 10 años. “Empezaron a darme ausencias, es decir, pérdidas de consciencia que me ponían en situaciones peligrosas, como cruzar semáforos en rojo o sufrir caídas”- comenta.
Al principio su madre lo achacaba a una llamada de atención, pues se estaba separando de su marido, pero pronto se dio cuenta de que algo no iba bien.  “Un día tuve una caída muy aparatosa en el baño mientras me cepillaba el pelo, al despertar me puse muy nerviosa y no quería abrir la puerta a mi madre. En ese momento se alarmó y me llevó al hospital. Me hicieron pruebas y nos comunicaron el diagnóstico:  epilepsia”- recuerda.
Sin embargo, en aquel momento nadie explicó a Carla la seriedad de esta enfermedad crónica. “Sólo me dijeron que no podía tomar Coca-cola, ni bucear y que tenía que tomarme una medicación. Salí del hospital pensando que tenía un catarro”- afirma.
Sólo su madre comprendía la importancia del asunto, ya que su padre y el resto de la familia, veían la discapacidad como un tabú: “la consideraban algo que había que ocultar; pues en una época aún postfranquista y de desinformación social, la epilepsia se asociaba a personas poseídas o con una falta de hervor ”- relata con estupor.
Incluso, algunos docentes no lo entendían. Carla recuerda como un día tuvo que salir de clase para tomar la medicación y su profesora, asombrada le preguntó: “¿es que te drogas? Delante de toda la clase”.
En este ambiente tan poco favorable, a Carla le costaba comprender y aceptar la discapacidad y dejó de tomar la medicación, pese a las advertencias de su madre.  Llegó a entrar en una depresión que se prolongaría varios años, ocasionada por problemas familiares. En este escenario, la enfermedad fue a peor y le empezaron a dar crisis convulsivas: “ya no son como las ausencias, sino que directamente, te caes al suelo y despiertas con la lengua mordida, los ojos doloridos y jaquecas horribles. Cuantas más crisis tienes, más te cuesta recuperarte de ellas”.
Carla recuerda un punto de inflexión hace 8 años, cuando le dio la última crisis: “cuando desperté, había olvidado que le había comprado un móvil a mi entonces novio. Este recuerdo se borró y a día de hoy sigo sin acordarme. Entonces fui verdaderamente consciente de la gravedad y de que hacía daño a los que tenía a mi alrededor. Empecé a tomarme la medicación muy en serio”.
“O te hundes o te vuelves mejor persona: yo he optado por lo segundo”
Desde su última crisis hace 8 años, Carla no ha vuelto a tener ninguna. “Me siento muy afortunada porque la medicación me va muy bien y no todo el mundo puede decir lo mismo. Creo que me ha tocado la lotería”- dice con una sonrisa.
En este cambio de actitud  han ayudado muchas personas con las que Carla se ha topado en el camino: “personas que de forma altruista, y sin esperar nada a cambio, me han ofrecido su apoyo. Como por ejemplo Delia, de Fundación Adecco, quien me ha ayudado a mejorar personal y laboralmente. Desde el principio apostó por  mí y me mandó a entrevistas de trabajo logrando que fabricara herramientas necesarias para estar cualificada para el puesto. He ido progresando, gracias a ella y a coordinadores, encargados, compañeros que he tenido y tengo en la actualidad. Intento agradecer las oportunidades y crear más posibilidades ”.
A Carla se le dibuja una sonrisa cuando piensa en todas las personas buenas con las que se ha encontrado en su vida y en los últimos años: “a veces te dicen cosas que no quieres oír, pero te das cuenta de que es por tu bien.  Después de una infancia y juventud difícil, he tenido la suerte de encontrarme con personas que me han permitido ver la parte positiva de la vida y darme cuenta de que merece la pena luchar. Ante la adversidad hay dos opciones: o te hundes o te haces mejor persona. Yo he decidido optar por lo segundo”- afirma con seguridad.


 

 

“Cuando quiero un trabajo, voy a por él”
Carla tiene muy claro que el trabajo no llama a tu puerta si no te esfuerzas y, por este motivo, no ha dejado de moverse nunca. A lo largo de su vida profesional, ha trabajado como dependienta en joyerías, sales assistant en firmas de ropa, asistencias en bodas y bautizos, ha vivido un año en Islandia cuidando a niños con todo tipo de discapacidades, en empleos diversos de oficina e, incluso, ha compaginado empleo como camarera de noche con el estudio de oposiciones.
Pero no todo ha sido un camino de rosas: “en una ocasión, a punto de firmar un contrato, les hablé de mi discapacidad y se echaron para atrás. Me dijeron que lo habían estado pensando y que preferían evitar complicaciones. En otra ocasión, en uno de mis empleos como dependienta, después de haber estado estudiando oposiciones y un problema con la tiroides me puse en 84 kilos. Un día mi encargada me dio un toque de atención, porque no iba al mismo  ritmo que las demás. Lo pasé muy mal pero le eché fuerza de voluntad y adelgacé 24 kilos en 4 meses. Mereció la pena, pues en la empresa me acabaron felicitando”.- comenta.
Carla tiene muy interiorizada la capacidad para sobreponerse a estos contratiempos y ha aprendido a confiar en sí misma: “cuando quiero un trabajo, voy a por él. Sé que el no ya lo tengo y por eso voy a las entrevistas a dar lo mejor de mí. Además, no dejo de formarme, porque sé que el mercado laboral es muy exigente”- afirma.
Fruto de su esfuerzo por dar lo mejor de sí misma, Carla ha realizado su propio análisis “DAFO” para conocerse mejor y proyectar su mejor imagen a las empresas: “entre mis fortalezas está el ser constante, empática y con mucha capacidad de absorción.  De mis debilidades destacaría la dificultad para sintetizar, algo en lo que estoy trabajando”- relata.
“Es trabajando cuando soy realmente feliz”
Gracias a esta actitud, Carla no ha dejado de estar activa en los últimos años: “he llegado a tener hasta  3 trabajos simultáneos”- cuenta orgullosa . Actualmente, compagina un empleo como assistant  en una firma de ropa con un trabajo como administrativa en J Walther Thompson, donde realiza funciones de recepción, reserva de salas, envíos, filtrado de llamadas, etc.
Y aunque tiene muchas aficiones, asegura que lo que más le llena en la vida es trabajar: “valoro mi tiempo libre pero es trabajando cuando soy realmente feliz y se me activa la sonrisa”- confiesa.
Este positivismo provoca que, inevitablemente, la entrevista se cierre con una pregunta: ¿qué recomendarías a otras personas que lo están pasando muy mal y que ven imposible trabajar y sentirse útiles? Carla lo tiene claro: “después de haber pasado por una depresión de más de 2 años, puedo asegurar que se sale. La clave es buscarse herramientas. Si te gusta la música, sal a pasear con unos cascos. Si te gusta pintar, pinta. Si te gusta leer, lee. Y si te atrae el ballet, baila. Poco a poco irás cambiando el chip y sintiéndote útil, que es el primer paso para buscar empleo”- cuenta con madurez.
Actualmente, Carla ya acepta su discapacidad y habla de ella con naturalidad, aunque matiza que “la palabra discapacidad está anclada y lucho contra el nombre. Creo que todos tenemos capacidades y discapacidades y que hay que normalizar el concepto”- sentencia.