El empleo es un medio esencial para la reconstrucción vital de las mujeres víctimas de la violencia de género
Por Begoña Bravo, directora de Inclusión de Fundación Adecco
Cada 25 de noviembre volvemos a mirar de frente una realidad que no deja de interpelarnos: miles de mujeres en España continúan atrapadas en ciclos de violencia de género que condicionan su seguridad, su salud emocional y la estabilidad de sus familias. Este año, las cifras vuelven a recordarnos la magnitud del problema: 199.094 denuncias por violencia de género en 2024, el equivalente a 544 denuncias diarias.
Pero si bien la denuncia es un acto de valentía, no es el final del camino; es, en muchos casos, solo el comienzo. Porque salir de la violencia requiere seguridad, apoyo, recursos, autoestima y autonomía. Y todo ello se construye, en gran medida, a través del empleo.
El 13º informe Violencia de género y empleo, de la Fundación Adecco, así lo confirma: el 67,8% de las mujeres no tenía trabajo cuando comenzaron las agresiones, y nueve de cada diez aseguran sentirse más vulnerables, dependientes y aisladas cuando están desempleadas
Esto no significa, en ningún caso, que el empleo sea un escudo infalible contra la violencia de género, ya que la sufren mujeres ocupadas y desempleadas: la responsabilidad recae, en el 100% de los casos en la persona agresora y en su conducta. Sin embargo, no cabe duda de que el empleo sí es un elemento que marca la diferencia. Cuando una mujer tiene ingresos propios, puede elegir y romper el vínculo con la persona agresora. Cuando tiene un entorno laboral, deja de estar aislada. Cuando tiene un proyecto profesional, puede proyectarse hacia un futuro sin miedo. Esa es la verdadera dimensión del empleo: previene, repara y reconstruye.
De hecho, las mujeres que han logrado acceder a un trabajo lo expresan de forma inequívoca: el 72% considera que trabajar reduce la probabilidad de volver a sufrir violencia, porque aporta estabilidad económica, seguridad emocional y vínculo social.
Sin embargo, el acceso al mercado laboral para estas mujeres no está exento de obstáculos. Casi la mitad lleva más de un año buscando empleo sin éxito, debido a barreras como la baja autoestima, responsabilidades de cuidado no compartidas, miedo a ser localizada por la persona agresora, las dificultades digitales o la autocensura derivada del estigma. En este sentido, un 75% prefiere no mencionar su situación en una entrevista por temor a ser discriminada debido a prejuicios que siguen asociando a las mujeres víctimas con personalidades débiles, inseguras o conflictivas. Es hora de desterrar estas creencias, pues tenemos plenamente constatado que no existen dos mujeres víctimas iguales: lo único que todas tienen en común es que necesitan el apoyo de toda la sociedad para salir adelante.
En síntesis, en el marco del 25N debemos reivindicar con firmeza algo que todavía no ocupa el lugar que merece en las políticas de prevención y recuperación: el empleo es una herramienta esencial para romper el ciclo de la violencia. No es un complemento ni un recurso secundario, sino un pilar estratégico. Por ello, resulta imprescindible trabajar de forma conjunta para reducir las barreras que las mujeres encuentran en su camino hacia el empleo y erradicar los estereotipos que continúan limitando sus oportunidades profesionales.